Monday, June 05, 2006

Cuentista

CARVER Y SUS CONSEJOS PARA ESCRIBIR RELATOS CORTOS

El rey de los cuentos

Hace 17 años un cáncer pulmonar apagó al maestro de las letras que retrató a desempleados, alcohólicos, divorciados y a todos los solitarios en libros como “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?” o “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Acá un ensayo sobre cómo escribir y no morir en el intento.

Raymond Carver

En los años ’60 se me empezó a hacer difícil concentrar mi atención en la ficción narrativa voluminosa. Durante un período experimenté dificultades al intentar leer y escribirla. Mi capacidad para fijar la atención me dio la espalda; ya no tenía la paciencia para escribir novelas. Es una historia complicada, demasiado larga para contarla aquí. Pero sé que tiene mucho que ver con el hecho que ahora escribo poemas e historias. Entro y salgo. No me demoro. Podría ser que a la misma vez, al acercarme a los 30 años, perdí cualquier gran ambición. De ser así, creo que fue bueno que haya ocurrido. La ambición y un poco de suerte son cosas buenas para un escritor. Demasiada ambición y mala suerte, o nada de suerte, pueden aplastarlo.

Tiene que haber talento.

Hay escritores que están llenos de talento; no conozco a ninguno que no lo tenga. Pero una visión de las cosas única y precisa y la capacidad de hallar el contexto apropiado para expresar esta visión, es un asunto muy diferente. “El mundo según Garp” es, por supuesto, el maravilloso mundo según John Irving. Hay otro mundo según Flannery O’Connor, y otro según William Faulkner y Ernest Hemingway. Todo gran e incluso todo muy buen escritor crea el mundo según sus propias especificaciones.

EL RESPLANDOR

Isak Dinesen dijo que ella escribía un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación. Algún día anotaré esto en una ficha de tres por cinco y la fijaré en la muralla al lado de mi escritorio. Ya tengo varias pegadas en esta muralla. “La exactitud fundamental del aserto es la única moralidad de escribirlo”, señaló Ezra Pound. No es todo, por supuesto, pero si un escritor tiene “exactitud fundamental del aserto”, al menos está bien encaminado.
También anoté un fragmento de una oración de un cuento de Chéjov: “... y de repente, todo le quedó claro”. Para mí, estas palabras están llenas de portento y posibilidades. Amo la simple claridad e insinuación de revelación que implica. También implica misterio. ¿Qué era lo que no estaba claro antes? ¿Qué ocurrió? Y, por sobre todo, ¿qué pasará ahora?

TRUCOS BARATOS

Oí por casualidad al escritor Geoffrey Wolff decir “nada de trucos baratos” a un grupo de estudiantes de redacción literaria. Eso también debería anotarlo en una ficha. Lo cambiaría un poco a “nada de trucos”. Odio los trucos. A la primera señal de un truco o artimaña en una narración, un truco barato o uno más sofisticado, me dan ganas de correr. La literatura muy inteligente y cursi me da sueño. Los escritores no necesitan trucos ni artimañas, ni tampoco necesitan ser los más inteligentes del barrio. Arriesgando parecer tonto, un escritor a veces necesita simplemente pararse en algún lado a fin de mirar boquiabierto y asombrado esta u otra cosa, una puesta del sol o un zapato viejo.
Es posible, en un poema o cuento corto, escribir acerca de cosas y objetos vulgares utilizando un lenguaje coloquial pero preciso, y dotar a estos objetos -una silla, unas persianas, un tenedor, una piedra, un aro de mujer- con un tremendo, incluso asombroso poder. Es posible escribir una línea de un aparentemente anodino diálogo que provoque un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector. Esta es la clase de literatura que más me interesa. Detesto la narrativa caótica o inexacta, independientemente de si está tipificada bajo la bandera de la experimentación o si simplemente se trata de un realismo torpemente expresado.

EL DESCUBRIMIENTO

En Guy de Maupassant, el maravilloso cuento de Isaac Babel, el narrador dice lo siguiente acerca de cómo escribir una novela: “Ningún hierro puede perforar y congelar el corazón humano con tanta fuerza como un punto ubicado en el sitio preciso”.
Evan Connell, alguna vez dijo que estaba seguro de haber terminado un cuento cuando tras una última revisión volvía a poner en el mismo lugar las comas que había sacado en una anterior revisión. Este es el modo de trabajo que me gusta. Siento respeto por este nivel de atención al trabajo. Después de todo, las palabras son lo único que tenemos, y para que puedan expresar con mayor exactitud lo que queremos que digan, deben de ser las palabras precisas con la puntuación correcta. Si las palabras están empapadas de la emoción desbocada del escritor, o si son imprecisas o inexactas, cualquiera sea la razón, en fin, si están difusas, la mirada del lector se deslizará sobre ellas y nada se habrá logrado.
En un ensayo titulado Cómo escribir cuentos, Flannery O’Connor describe la escritura como un acto de descubrimiento. O’Connor dice que a menudo no sabía dónde iba cuando se sentaba a escribir un cuento. Dice que duda que muchos escritores sepan dónde van cuando comienzan algo. Usa su cuento, Good country people (Buena gente del campo), como un ejemplo de cómo armó un cuento cuyo final no imaginaba hasta casi llegar ahí: “Cuando empecé a escribir esa historia, no sabía que en ella habría un personaje con un doctorado y una pierna de madera. Simplemente, me encontré una mañana escribiendo una descripción de dos mujeres que conocía un poco, y antes de siquiera darme cuenta, ya le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Introduje al vendedor de Biblias, pero no tenía idea de lo que iba a hacer con él. No sabía que iba a robar la pierna de madera hasta unas diez o doce líneas antes de que lo hiciera. No obstante, cuando descubrí que esto era lo que iba a suceder, me di cuenta que era inevitable”.
Cuando leí esto hace unos años, me impactó saber que ella, o cualquiera, si vamos al caso, escribía cuentos de esta forma. Pensé que esta era mi incómodo secreto y me sentía un tanto intranquilo al respecto. Por cierto, que sentía que esta forma de escribir un cuento, de alguna forma revelaba mis propios defectos. Recuerdo que me sentí tremendamente animado al leer lo que O’Connor dijo al respecto.
Un día me senté a escribir lo que finalmente terminó siendo un cuento bastante bueno, aunque sólo la primera oración del cuento se me había ocurrido cuando lo comencé. Durante varios días anduve con esta oración en la cabeza: “Pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono”. Sabía que ahí había un cuento que era necesario contar. Sentía en mis huesos que ese era el comienzo de un cuento si me daba el tiempo para escribirlo. Encontré el tiempo, un día entero, 12, 15 horas, y esa mañana me senté y escribí la primera línea. Las otras oraciones inmediatamente comenzaron a fluir. Escribí la historia de la misma forma que escribo un poema: una línea tras otra, y después otra. Pronto, ya veía un cuento, y sabía que era mi cuento, el que quería escribir.

LA VIDA PELIGROSA

A mí me gustan los cuentos con una sensación de amenaza o peligro. Tiene que haber tensión, una sensación de que algo va a suceder, que la evolución es implacable; sin esto, no hay una historia. Lo que crea la tensión en un cuento es, en parte, la forma en la cual las palabras están vinculadas entre sí a fin de crear la acción visible de la historia. Pero igual de importante son las cosas que se omiten e insinúan, el panorama que yace por debajo de la lisa (pero a veces fragmentada e inestable) superficie de las cosas.
V.S. Pritchett define el cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo al pasar”. Primero, se vislumbra. Luego, se le da vida a esto que se vislumbra, transformándolo en algo que ilumina el momento y que podría, si la suerte está de nuestro lado, tener consecuencias y significados aún más profundos. La tarea del escritor de cuentos se trata de otorgar a lo que se vislumbra todo lo que está en su poder. Esto se hace usando un lenguaje nítido y específico, un lenguaje que le da vida a aquellos detalles que iluminarán el cuento para el lector. Para que los detalles sean concretos y transmitan significado, el lenguaje debe ser exacto y debe ser entregado con precisión. Es posible que las palabras sean tan precisas que incluso lleguen a sonar destempladas; pero aun así, si se usan acertadamente, pueden tocar todas las notas de la escala.

(Diario la Nación)

2 comments:

la maga said...

hola que buen articulo, de mucha ayuda...si recuerdas a eloy...el me recomendo tu pagina ,si puedes revisa la mia...besos!

noemi said...

Me impresiono tu perfil,estan ificil encontrar gente q lea y ame la lituratura,filosofia y las artes en general.le di una mirada a tu revista,yo soy de Asunción,Paraguay y la voy a recomendar a otros chicos q curten liteatura,teatro,filosofia,etc.
Amás me gustan algunos escritores chilenos.
Estuve en Arica hace años,adore,tengo amigos q gustaría de contactarlos. Saludos y felicitaciones